¿Es
posible llegar al socialismo por medio de las reformas?
Existe un debate continuo en nuestra sociedad en torno a cómo podemos
tener una vida humana, un trabajo digno, satisfacer nuestras necesidades, saber
que nuestros hijos tendrán un futuro, etc., etc. De aquí se desprenden un
abanico de respuestas que van desde el liberalismo más recalcitrante, a la
teoría revolucionaria del socialismo por la toma del poder, pasando por unos
cuantos matices de reformismo que siembran gran confusión a la emancipación de
la humanidad.
Las diferentes posturas suscriben desde las reformas
pequeñas en la administración del capitalismo, por un “capitalismo social”, como dijo hace poco la presidenta Cristina
Fernández, o un capitalismo “no salvaje”,
como mencionan continuamente en el Foro Mundial Social o, ya llegando a las
posturas corporativistas, se llegó a afirmar que la libertad de empresa, el
libertinaje de los negocios de las grandes corporaciones, que generan inmensas
ganancias para una minoría, asegurarían beneficios al resto de la sociedad
producto de la demanda de mano de obra y servicios. Teoría del derrame que las
últimas crisis, en las distintas economías del mundo, fueron demostrando lo que
las libertades a las corporaciones ocasionan para el conjunto del pueblo.
Más allá de nuestro claro rechazo hacia el último
planteo, y nuestra profunda convicción respecto a la necesidad concreta de la
toma del poder para la emancipación real y final de la clase trabajadora y el
pueblo, nos interesa debatir en el seno de las posturas reformistas por motivos
varios. En estos casos encontramos un conjunto de compañeros honestos que creen
en concepciones reformistas, voluntaristas y hasta vulgares haciéndole el juego
a los enemigos históricos de la clase trabajadora: la clase patronal. Estos
últimos son defendidos a capa y espada por filósofos, intelectuales y políticos
que con gran calidad argumentativa desvían la organización por la liberación
del pueblo. Son muchos los compañeros que repiten que las teorías revolucionarias
por la toma del poder ya ha quedado fuera de tiempo, que hay que inventar
salidas nuevas a los flagelos de la humanidad, y que hay que construir “con lo que hay”, marcando un fuerte
rasgo de posibilismo a nuestra intervención como sujetos de cambio de la
realidad existente.
En el marco de los que sostienen la posibilidad de la
reforma por un “capitalismo con rostro
humano” también están quienes aluden a las teorías de cooperativismo como
forma de emancipación, los post modernistas que cuestionan la necesidad de la
toma del poder y, es mas, la existencia real de poder o, los reformistas que
desde hace décadas engañan a las masas con la idea de que por medio de reformas
parciales se irá generando lentamente las condiciones materiales para la
emancipación de la clase trabajadora y, en consecuencia, la construcción por
etapas del socialismo. La función histórica del peronismo en argentina fue
justamente esta, adormecer el ánimo revolucionario de las masas, encajonar la
lucha por el poder y la construcción del socialismo, generando falsas
expectativas en un Estado patronal que ira mediando los intereses de los
patrones y el pueblo trabajador para alcanzar la llamada “equidad social”. El “fifty - fifty” que tanto hablaba Perón
deja de lado que un 50% de las riquezas eran repartidas entre millones de
trabajadores y el otro 50 entre un puñado de empresarios que seguían
enriqueciendo a costa de la explotación de los trabajadores. Hoy el peronismo
es menos ambicioso, como toda segunda parte, pero sigue engañando a las
mayorías con discursos de distribución, equidad y dignidad manteniendo los
negocios de unas minorías, concentrando el capital en pocas manos, etc. Todos
argumentos funcionales a adormecer y conciliar la irreconciliable contradicción
de clases.
Quizá resulte un poco confuso el planteo pero
trataremos de ir ordenándolo lentamente.
“Otro
mundo es posible” es la
consigna en los foros y encuentros anticapitalistas en distintos lugares del
planeta, el tema es cuál y cómo construirlo. Existe una corriente del
pensamiento que esta muy de “moda”, si así se puede decir, en distintos
sectores de nuestra sociedad que proviene de la academia Francesa del pensamiento
filosófico y que hizo un gran estallido luego de la caída del Muro de Berlín.
Conciente o inconcientemente la teoría de los Negri, Foucault, Althusser, etc.,
es reivindicada por miles de compañeros como parte de las nuevas corrientes del
pensamiento filosófico y, en consecuencia, como herramienta nueva hacia la
liberación de la humanidad. Sin embargo, lo que aquí se expone son las viejas
conclusiones reformistas en contra de la necesidad y posibilidad de la toma del
poder por parte de la clase trabajadora. Teorías que le encontramos su raíz, no
tan nueva, hacia fines del siglo 19 por Eduard Bernstein, que fomentaban las
practicas reformistas como vía única y necesaria en la táctica hacia la
formación y aplicación del socialismo. Estos teóricos dejan de lado la cuestión
del poder o, mejor dicho, lo reducen a pequeños espacios de confrontación
argumentando que el poder esta presente en todos lados, y que la lucha ganada
en esos pequeños espacios forma parte de pequeñas conquistas de poder por parte
de los sectores populares, que hacen a la libertad del ser humano. En este
sentido es que se realzó el cooperativismo como método de emancipación y
dignidad humana, argumentando que el trabajador ya es libre, ya no es explotado
por un patrón porque depende de su propia capacidad de organización. Sin
embargo, cuando el patrón se va ni es sinónimo de liberación, ni del fin de la
explotación, ni mucho menos el fin de los problemas para los trabajadores. El
trabajador debe auto explotarse para generar riquezas, debe comprar insumos,
debe vender su producción, y debe regular su producción de acuerdo a la
realidad también del mercado, que es, en todos los casos, capitalista.
A su vez, existen otros intelectuales que fomentan la
teoría del cambio para que nada cambie
como es el caso de Holloway, hombre muy citado en nuestros días. Holloway viene
a profundizar la crítica al concepto de poder y la lucha revolucionaria por la
toma del poder. El intelectual hace una generalización de los procesos de las
masas en los diferentes lugares del mundo, argumentando que la teoría de la
revolución por la toma del poder es algo anacrónico, llegando a afirmar que el
poder es una “cosa” que contamina la pureza humana. Se ubica lejos, bien lejos,
de la teoría marxista leninista, que plantea el poder como una relación, y la
toma del poder como la construcción de esa relación social por parte de los
sectores explotados a fin de aplastar la tiranía de una minoría privilegiada.
Quizá la experiencia Zapatista en México, mas allá del respeto que le debemos
por ser parte de los sectores explotados de nuestra humanidad, en búsqueda
constante de superar su condición, sea un ejemplo practico de las posturas
postmodernistas en nuestros tiempos. La revolución zapatista se levantó en
armas en enero de 1994, formando “Juntas de Buen Gobierno”, escuelas,
hospitales y organización campesina para la producción agrícola, no obstante
debemos ser materialistas en nuestro análisis y aferrarnos rigurosamente a la
realidad ¿Cuánto ha mejorado la condición material de las comunidades
zapatistas desde entonces? Las posturas autonomistas en contra de la necesidad
de la toma del poder en México han aislado el movimiento que, pese a
encontrarse en una de las zonas más ricas del país por sus recursos naturales,
padece el asecho diario de los militares y paramilitares, el bloqueo económico
y comercial, el techo político y económico en pos de una revolución que
dignifique la realidad humana en Chiapas y México todo.
Otro ejemplo que nos puede, y nos debe, hacer
reflexionar es el caso del Chile de Salvador Allende. Aquel compañero que creyó
honestamente que la conquista del ejecutivo era el método y la vía hacia la
conquista del poder político, y que esta daría la consecuente transformación
estructural: político-económico-cultural de Chile. Experiencia que vio trunca
sus aspiraciones el 11 de septiembre de 1973. Este proceso llevo a un callejón
sin salida hasta al propio Allende que derivó en un río de sangre, casi dos
décadas de partido militar en el poder y el consecuente reflujo de la
organización revolucionaria de nuestros hermanos trasandinos. Confundir llegar
al gobierno con llegar al poder, es obviar donde reside el poder real de la
clase dominante, es omitir que si bien por medio del voto algunas piezas del
Estado capitalista (senadores, diputados, gobernadores, presidentes, etc.)
pueden ser elegidos, y que incluso en esas elecciones pueden ganar miembros o
representantes reales de nuestra clase, otros sectores claves del Estado que
ejercen la coerción como: las FFAA, policías, servicios de inteligencia,
jueces, carceleros, etc. no son sujetos a votación. A esto debemos sumarle la
enorme maquina de dominación cultural que responde a las empresas, como así
también el control real de las empresas que dominan la matriz económica de los
mercados locales e internacionales.
Esta es una vieja discusión, incluso con compañeros
que se reivindican de izquierda y hasta incluso marxistas. La postulación de
compañeros a cargos en el Estado como táctica que apuntala la estrategia revolucionara
divide las opiniones. Algunos compañeros argumentan que por esta vía se genera
un foro de debate continuo y defensa in situ de las necesidades del pueblo,
otros van más allá, diciendo que, como vimos anteriormente, la vía
parlamentaria de la reforma ira generando las bases para la liberación por
etapas, por medio de pequeñas conquistas que generen mayor libertad y dignidad
a las más amplias masas. Así como no todos los momentos son los propicios para
que estén maduras las condiciones reales para la revolución, no todos los
momentos son iguales a la hora de participar o no en las elecciones. Puede que
ciertos momentos de la coyuntura política concreta sean propicios para
participar en estos espacios y buscar ocupar algún puesto dentro del Estado.
Pero es justamente el carácter patronal del Estado el que siempre limitará
nuestras acciones. Como vimos anteriormente, la burguesía chilena y la
internacional le permitió a Allende trabajar durante décadas dentro del
parlamento chileno, ser una piedra en el zapato, y presentarse reiteradas veces
a las elecciones presidenciales. Pero, fue una vez asumida la presidencia y
tocados directamente los intereses de la clase dominante, (ejemplo estatización
de la minería y reforma agraria) lo que agudizo las contradicciones y expulsó a
Allende, y a su partido, fuera del control del Estado y reponiendo la
conducción con lo peor de la representatividad burguesa: el partido militar con
Pinochet a la cabeza. El propio Che Guevara vivió en carne propia lo ocurrido
para principios de los años 50 con el Guatemalteco Jacobo Arbenz, derrocado con
la clara participación del imperialismo yanqui. En aquel momento eran los
intereses de Rockefeller los que estaban en juego por las reformas impulsadas
por el gobierno de Arbenz. El monopolio era dueño de grandes latifundios donde
funcionaba, entre otras corporaciones, la United Fruit Company.
En nuestro tiempo vemos como la clase dominante no
permite reformas que toquen sus intereses, en cuanto sus privilegios son
cuestionados sacan a la calle todo su arsenal mediático, económico, político y
hasta militar para marcar quien tiene el poder. Desde los intentos de
separación y ataques xenofóbicos contra Evo Morales, que otorgo ciertas
concesiones a un pueblo históricamente expoliado, como los golpes de estado en
Venezuela, Ecuador y Honduras. También vemos como se le marcó el terreno a
Brasil y Uruguay cuando quisieron tocar a las FFAA, o Paraguay y Argentina
cuando intentaron meter mano tibiamente en cuestiones relacionadas a los
terratenientes.
Por todo esto que, apuntar estratégicamente la
construcción política por medio de las reformas parciales, en busca de lo
primero que nos planteamos: ¿Cómo tener
una vida mas humana? y, en este marco, desarrollar la organización política
en vías a la construcción del socialismo, no podemos esperar otra cosa que el
fracaso. El Che decía, en su libro “guerra
de guerrillas un método”, que mas allá del método para lograr un fin, en
este caso la guerrilla, ese fin estratégico para todo revolucionario debe ser
la conquista del poder político. Podríamos agregar que como señaló Rosa
Luxemburgo en su extensa polémica hacia los presupuestos de Bernstein, “quien elije la vía de la reforma como método
de construcción del socialismo no elige en realidad un camino más tranquilo,
seguro y lento hacia el mismo fin, sino un fin diferente. Es decir, negar la
necesidad de la toma del poder como método necesario en la construcción del
socialismo, es afirmar el trabajo cotidiano entorno a la reforma de esta vieja
e injusta sociedad, y no el trabajo arduo, lento y doloroso para formar una
sociedad nueva”.
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