A 9 años de la masacre que se
llevó a Darío y Maxi.
La estación
Avellaneda fue el escenario donde se ejecutó un nuevo acto genocida por parte
del brazo armado de la clase dominante. Kosteki y Santillán eran los hombres
del pueblo que dejaron su vida en la lucha cotidiana en las barriadas. Su
asesinato no fue casual, como dijimos alguna vez en esta revista: la vida es el precio que paga el pueblo por
sus ideas y acciones, frente a una minoría que intentará, como siempre,
aplastar cualquier expresión popular ajena a sus intereses.
Pese a los falsos
antagonismos entre el oficialismo y la oposición, ambos fueron cómplices en la
masacre de los compañeros, ambos son parte y fieles representantes de la
patronal que nos explota, hambrea y reprime para garantizar sus beneficios.
Ambos forman parte de la argentina de los derechos humanos que criminaliza la
protesta, demoniza la juventud y persigue a los que luchamos.
¿Hasta cuando
la clase trabajadora pagará con la vida el derecho de una vida digna?
Hoy como hace 9 años
la lucha sigue siendo la misma. La necesidad de organizarnos para enfrentar las
injusticias, para arrancar nuevas conquistas, para forjar a nuestra clase en la
tarea cotidiana que construirá, al calor de las luchas, nuestra herramienta de
organización para derribar de una vez y para siempre este injusto sistema.
Porque lo único que, como trabajadores, nos hace fuerte es nuestra
organización, porque la clase dominante y SU Estado buscarán reprimir,
encarcelar y matar a quienes nos opongamos a esta falsa democracia: de nada
debemos depender sino de nosotros mismos.
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